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  En casa
 

En casa
El Reino bajo el cual estamos es vigente y trascendente; no está limitado a un tiempo o espacio determinado. Todos sabemos que el gobierno de Dios no es visible comparado con un edificio gubernamental y su alcance tampoco está limitado por fronteras, similar al territorio de una nación.
Hace varias décadas que los hogares o casas volvieron a ser un ámbito para compartir la fe cristiana, y posiblemente en los años futuros éstas tendrán mayor similitud a las del primer siglo. Las condiciones y el crecimiento abrupto de la primera iglesia en sus comienzos hicieron que las viviendas fueran el medio para la estrecha convivencia y transmisión del Hijo resucitado de Dios. Pero el contraste entre el pasado y el presente no es un determinante, pues cualquier lugar es válido cuando las circunstancias así lo requieren para que podamos estar entre nosotros, razón por la cual, una plaza o un galpón pueden ser útiles, las cuevas fueron la solución en épocas de las persecuciones a partir del 2do. siglo, y actualmente las montañas siguen siendo un refugio para encuentros de hermanos que peligran por causa de su fe. Incluso se han usado construcciones abandonadas como ocurrió a finales del siglo XX, década de los 90, cuando hermanos en Armenia sufrieron una crisis muy grande y residían o se reunían en edificios abandonados - sin puertas ni vidrios - conservando y profundizando la relación fraternal entre los miembros del cuerpo de Cristo.
Sabemos que el gobierno de Dios no viene a tal o cual lugar.
Ante Dios, todo lugar vale para estar o encontrarse, pero es obvio que una casa ofrece un marco más adecuado para que las Hijas e Hijos de Dios compartan su experiencia.

¿Casas de material o casas de carne?
Jesús enseña: “venga a nosotros tu Reino” El reino de Dios viene a las personas, sus hijos e hijas reconciliados con El. Cada uno de nosotros somos las “casas” o moradas del espíritu del Dios trino. Esta realidad que algunos de nuestros primeros hermanos llamaban “vasijas de barro” refiriéndose a nuestros cuerpos mortales, es la morada que Dios elige para evidenciar su poder y peso vigente, en un proceso que comienza y se perfecciona hasta el último día cuando finalmente deja de latir el corazón. Todos queremos partir con una consciencia en paz ante el Padre y Juez de todos, con la dicha de haber transitado esta vida con Ellos, para luego vivirla eternamente donde su HIjo hoy está haciendo el ámbito para que residamos con Ellos.
Aunque El puede hacer hablar a las piedras, su mayor tesoro reside en personas como nosotros, débiles, falentes, que un día llegaremos a la vejez; sin embargo el brillo de nuestros ojos y la sonrisa fresca de rostros arrugados dejaran ver claramente la juventud interior producto del privilegio inmerecido de ser transportes de su Persona, agradables a El. 

La mejor canción del Rey
Antes de Cristo, el cofre de madera fue una sombra de lo que iba a suceder son su Hijo y su Iglesia. El arca fue siempre trasladada por personas, nosotros somos sostenidos y guiados por Dios, como lo fue su Hijo cuando estuvo en igual condición humana a la nuestra, sin ventajas ni beneficios. El arca no hablaba ni podía expresar amor y agradecimiento a su Creador, su Hijo y nosotros si podemos. Mientras el arca podía quitar la vida, el Hijo Amado de Dios nos da vida permanentemente. Nosotros vivimos y estamos entre personas redimidas que tienen en mayor o menor grado las evidencias de la formación de Cristo en sus vidas.

Esto es el anticipo de los cielos en la tierra: Cristo en nosotros, la esperanza de gloria.. Alguien dijo con cierto sentido del humor: "no somos ángeles" y es verdad. Muy eventualmente alguno podría ver un querubín o un serafín en su habitual diario andar, sin embargo sí oímos y vemos la vida de Cristo que crece en un proceso personal - sin apuros ni presiones - en el trato entre nosotros. Este proceso crece cual recién nacido, como un niño que luego será un adolescente, y finalmente adulto. Y todos los que estan comprometidos e invocan  al Padre Eterno por medio de su Hijo Amado, estan bajo la paternidad Divna.
Reímos y lloramos, nos cansamos y nos reponemos, nos caemos y aprendemos a levantarnos - con ayuda y solos –, nos apuramos y también nos esperamos. En medio de todo esto vive la vida del Hijo de Dios.
También hubo otro que dijo: “si estas paredes hablaran…” y en esto tenemos cierto parecido: somos “paredes” que hablan, “casas” que caminan pero no somos de piedra. Los metales son fríos mientras que en nosotros hay sangre. Las maderas tienen astillas pero nosotros tratamos de sacarnos las vigas de nuestros ojos. Antes éramos casas deshabitadas, vacías, frecuentadas por ladrones que las saqueaban sin cesar. Ahora los maleantes están furiosos y gritan desde afuera, pues un niño habita y crece dentro de la casa, un niño idéntico al adulto que volvió a la vida después de ser crucificado. El guarda a todos los que el Padre le dá. ¿Quién nos podrá apartar del amor que tiene el Hijo Glorificado por cada uno de nosotros?
Desde su lugar y a la vez en todos nosotros, el Hijo y el Padre hablan de vida dentro nuestro en todos los que estamos aqui - donde sea que vivamos - eventualmente solos: en nuestra intimidad, o cuando nos juntamos en su nombre.

Cientos de años A.C., el Rey David cantó las siguientes lineas:

"¡Mirad cuán bueno y cuán hermoso es habitar los hermanos igualmente en uno!. 

Es como el buen óleo sobre la cabeza,
el cual desciende  sobre  la barba, la barba de Aarón, 
y que baja hasta el borde de sus vestiduras.

Como el rocío de Hermón,
que desciende sobre los montes de Sión:
porque allí - entre los hermanos - envía el Dios Eterno 
bendición y vida eterna" (desde que hemos nacido de Dios)

(del Salmo 133)
 

Que así sea.

Luis
(hno. entre Hermanos)
 
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